Sin hacer caso de los descuentos y menús baratos de bares y restaurantes, lo suyo con la crisis es ir a la oficina pertrechados con tuppers. Cada vez más empresas tienen su nevera, su microondas y su mesa para que los empleados puedan calentar su comida y sentarase en la misma oficina a comer, sin necesidad de salir al bar o al restaurante de toda la vida.
De nada les sirve a estos establecimientos bajar los precios para atraer nuevos clientes, que han cambiado la barra del bar por el mostrador: en el último año gastamos más de 87.000 millones en la cesta de la compra, porque con algo habrá que llenar los tuppers.
26 nov 2009
A la oficina, con tuppers
25 nov 2009
Al mal tiempo buena cara

Eso dice el proverbio. Estamos en medio de una crisis como creo que jamás se ha visto. Porque no solo nos enfrentamos a un crack financiero. También nos las tenemos que ver con la gripe A (¿será verdad?). Con el cambio climático, el derretimiento de los polos, el ennegrecimiento de la atmósfera, las masas de inmigrantes que van y vuelven, la piratería, las hambrunas en medio planeta, las farmacéuticas, las corruptelas intrapartidos, la negligencia y falta de previsión de los políticos, la falta de transparencia, la desinformación, la "flexibilidad" laboral, los recortes en las libertades, la eterna situación de desprotección de las mujeres, y de los niños y los prejubilados, las enfermedades crónicas, el EPOC... la lista parece interminable.
Ante este panorama cabe preguntarse cómo levantarse cada mañana con una sonrisa en los labios. A mi modo e ver hay una única fórmula: concentrarse en las tareas diarias. Seguir una disciplina de trabajo. Ir a tomar un café con amigos. Caminar 20 minutos al día y plantarse aquí y allá ante los escaparates que ya rebosan de artículos navideños. No pensar en nada (esto es, meditar). Hacer crecer nuestra colección de música para el ipod. Engalanarse con las mejores prendas y pintarse los labios de rojo (cepillarse antes con energía los dientes, preferiblemente con pasta en gel y un buen cepillo ergonómico.) Leer blogs y participar en foros. Comprarse alguna cosa bonita, buena y barata. No leer más que los titulares del diario. Acompañar con una tostada untada con mantequeilla y mermelada.
Seguir la rutina diaria y saludar amablemente a los vecinos.
Ilustración: Marina
Deuda de EE.UU.
Quienes pensaban que esta crisis tendría una solución rápida y que todo volvería a ser como antes en un par de meses, se llevarán una desilusión. Agotadas las herramientas del instrumental monetario y de las políticas fiscales, no hay solución a la vista. La salida de este pantano, o de esta larga cabalgata por el desierto amenaza con arrastrarnos a una década perdida global.
La gráfica nos muestra el incremento de la deuda de Estados Unidos, y de su estallido a partir del año 1981, que las próximas generaciones recordarán por siempre. Fijaros en cómo el nivel de deuda aumenta durante la Gran Depresión, cae rapidamente, y se mantiene estable desde el fin de la segunda guerra mundial hasta 1981. Gran parte del salto es producto del sector financiero (color verde) y el endeudamiento de los hogares (turquesa). Nótese la disminución de la deuda pública (burdeo) a fines de los 90 y su fuerte incremento desde 2008. Sólo el pago de los intereses de la deuda pública, que cruzó la barrera de los 12 billones de dólares, superará los 700 mil millones de dólares en 2019, frente a los 200 mil millones de dólares de este año.
Este salto de 500 mil millones de dólares, supera los intereses combinados de educación, energía, seguridad nacional y la guerra de Irak y Afganistán. Un déficit récord que comienza a poner en peligro los planes de Salud de la administración de Obama. Más aún cuando los inversionistas siguen apostando con el dólar apelando a las bondades que ofrecen los mercados de capitales.
Y Estados Unidos no será el único en enfrentar una enorme deuda financiera en los próximos años. Le acompañarán en esta peregrinación por el desierto otros países industrializados como Japón, Alemania y el Reino Unido.
Un artículo publicado ayer en The New York Times da cuenta del enorme agujero en que está la primera potencia económica mundial, generadora del 25% del PIB global. La caída en los precios de la vivienda en casi un 50%, y la duplicación de la deuda pública en dos años, ha llevado al banco francés Societe Generale, a emitir un informe para prepararse al colapso que viene.
24 nov 2009
Opositar, una salida ante la crisis
Hay una empresa en España que, pese al azote de la crisis, no ha perdido clientes. Diversificada, con oficios en varios gremios y para varias categorías profesionales, esta empresa difícilmente le despedirá o dejará de pagarle la nómina en la fecha acordada, por mal que vayan las cosas. Se llama sector público y, con más de cuatro millones de parados en España, ha ganado puntos como refugio de millares de españoles -imposibles de cuantificar, dada la cantidad de Administraciones Públicas a las que presentarse- que pelean por un puesto de trabajo seguro, para siempre. Las escuelas de formación para oposiciones ven multiplicar los alumnos y las convocatorias de exámenes acogen a mareas de aspirantes.
Lo malo es que, con la crisis, lo público también ha tomado la bandera de la economía de guerra y se ha ajustado el cinturón. El Estado sacó a concurso para 2009 más de 20.500 ofertas de empleo público, frente a las más de 35.000 de 2008 (administrativos, Justicia, Fuerzas Armadas o Cuerpos de Seguridad). A esta oferta hay que añadir todas las plazas de corporaciones locales y autonómicas (la enseñanza y la sanidad están transferidas a las autonomías).
La cuestión es cuánta gente lucha por ellas. Un puñado de ejemplos: el fin de semana pasado, un total de 22.377 personas se examinaron en la localidad pontevedresa de Silleda para competir por 1.670 plazas en la sanidad pública gallega en distintas categorías y funciones. Y la semana anterior, hasta 9.163 opositores pelearon por 252 plazas de celador.
Las ofertas menguan y los interesados se disparan. "En el cuerpo auxiliar administrativo del Estado había 48.816 solicitudes en 2008 y este han crecido hasta 68.441, mientras que las plazas han disminuido de 1.713 a 1.152. Hoy en día, la gente da mucho valor a la seguridad, se antepone al salario", explica Yolanda Palomo, secretaria general de la Administración del Estado de UGT.
Laura Iglesias y Virginia Pizarro no se conocen de nada, viven en municipios distintos y se preparan en centros diferentes. Pero ambas se las tendrán que ver en la última semana de enero para conseguir una de las casi 600 plazas de auxiliar administrativo que ha convocado el Ayuntamiento de Madrid. La cuestión es que, con ellas dos, se han apuntado otros 33.000 candidatos a la misma prueba. Una cuenta rápida: son 55 aspirantes por plaza, aunque una parte importante de los inscritos acaba por no presentarse al examen.
Ambas salieron de la empresa privada con mal sabor de boca. Laura, madrileña de 28 años, lleva estudiando desde marzo, cuando la constructora en la que trabajaba como administrativa presentó un concurso de acreedores (antigua suspensión de pagos) y aplicó despidos colectivos. Virginia, con 33 años y de Alcorcón, quiere ser funcionaria del Ayuntamiento de Madrid, entre otros motivos, porque "a la hora de tener una familia es más fácil de compatibilizar este trabajo". No se cree demasiado los planes de conciliación de los que hablan las empresas privadas: "Hace cuatro años yo trabajaba en el departamento de facturación de una empresa de herboristería con un contrato de obra y servicio, y cuando me quedé embarazada me despidieron", relata. Ahora trabaja como interina en el Ayuntamiento de su ciudad.
"La sensación de riesgo se percibe lógicamente con mucha más intensidad como consecuencia de la crisis, por eso se busca un empleo seguro. Si esto dura mucho, nos conducirá a una situación paradójica: la generación joven sentirá más aversión a ese riesgo que las maduras, y eso no había ocurrido jamás. Hace falta una reflexión sociológica", opina Ramón Adell, catedrático de Economía y Organización Empresarial de la Universidad de Barcelona. Cuando uno pierde su empleo, y no encuentra otro, ¿por qué no se plantea montar un negocio? La situación económica en España no lo alienta demasiado. Adell, que además es presidente de la Asociación Española de Directivos, lo ve de la siguiente forma: "El entorno no está facilitando un espíritu emprendedor y, además, aún falta mucho camino que recorre para que lo haga. Hay que flexibilizar mucho la burocracia para empezar un negocio".
El número de alumnos matriculados en la escuela Master-D ha crecido un 35% y el 60% de los interesados son mujeres, según Manuel Fandos, directivo de ese centro. España tiene 2,6 millones de personas que trabajan para las Administraciones Públicas (ver cuadro), entre funcionarios, personal laboral y estatutario. El peso de las mujeres en este colectivo crece y seguirá haciéndolo a juzgar por el número de mujeres que prepara oposiciones. "Se accede al sector público de forma objetiva, con un examen igual para todos, sin una entrevista en la que se pueden preguntan aspectos personales, como si se tiene pareja o se tienen hijos", apunta Yolanda Palomo.
Las pruebas a cuerpos superiores (juez o fiscal, por ejemplo), están al margen de la crisis, pero sí crece la fiebre por las oposiciones que requieren menos formación académica. El Cuerpo Nacional de Policía, por ejemplo, ha ofrecido este año 1.949 plazas (un 61% menos), pero las solicitudes suman 58.428, frente a las 52.889 de 2008. Y en las seis primeras convocatorias de las Fuerzas Armadas, de las 11 que hay en todo un año, Defensa ha recibido casi 70.000 solicitudes, cuando en todo 2008 alcanzó 78.575.
"En una oposición te presentas tú con tu esfuerzo, y tu número de horas estudiadas", explica María José Flecha, madrileña de 40 años. Lleva estudiando desde enero de 2009, cuando perdió su trabajo en el departamento de Recursos Humanos de una consultora tecnológica. Se prepara ahora para entrar en el cuerpo de gestión de Justicia y ya ha superado el segundo escalón. El próximo marzo afronta el tercer y último examen, que consiste en 10 preguntas cortas. Detrás, quedan entre 14 y 16 horas de estudio diarias, porque combinó el cuerpo de gestión con otras oposiciones simultáneamente. "Desgasta no tener vida social, pero en una cosa así o te pones en serio o pierdes el tiempo", reflexiona.
El cuerpo de gestión, al que se presenta María José, requiere una diplomatura, aunque ella es licenciada en Derecho. Pero "muchas personas pugnan por puestos de trabajo de formación inferior a la suya porque luego tienen muchas posibilidades de promoción interna y las pruebas son más asequibles", apunta Gloria Oliveros, directora de Oposiciones de la escuela Adams.
Aula Tutor también ha visto crecer su número de alumnos. Uno de sus nuevos fichajes es Beatriz del Barco, de 26 años, que sostiene que "el sector público es el único que siempre cumple con el contrato que firmas el primer día". Está preparándose para entrar en el cuerpo de administración de la Comunidad de Madrid al tiempo que trabaja en una tienda. Ha oído más de una vez las machaconas críticas sobre la eficiencia de los funcionarios: "Pero eso va con las personas, hay vagos en todas partes y también gente muy trabajadora".
El Gobierno central mantendrá para 2010 las limitaciones en la incorporación de personal de nuevo ingreso, que no podrá superar el 15% de la tasa de reposición (frente al 30% de 2009), a excepción de servicios como la seguridad, la sanidad, la enseñanza o las instituciones penitenciarias.
Juan Carlos Molero, profesor de Economía especializado en Sector Público de la Universidad de Navarra, opina que en plena crisis, un aumento de contrataciones de funcionarios "podría tener una doble visión: una negativa, pues frena la necesaria austeridad en un gasto público que se dispara; pero otra positiva, pues ayuda a contrarrestar el aumento del paro en la economía privada". En cualquier caso, "aún se debe mejorar mucho en la eficiencia en el trabajo de dichos funcionarios". "Necesitamos que la nómina del funcionario pase a depender, en cierta medida, de su trabajo real, como en la empresa privada", apunta Molero.
El trabajo del opositor requiere cierta fortaleza mental, asumir que el esfuerzo, pese al buen examen que uno pueda hacer, la competencia y la sequía de plazas puede dejar el sacrificio sin frutos. Es lo que le acaba de pasar a M., que prefiere no revelar su nombre. Ha pasado más de un año trabajando y estudiando, levantándose a las cinco de la mañana y sin ver prácticamente a su familia. Y se ha quedado en la segunda fase en una oposición de Justicia. Por delante tiene la convocatoria del próximo año. Luis Fernández, de Aula Tutor, recalca que "hay que aprovechar todo ese trabajo y seguir, presentarse a otras pruebas con el mismo temario". En palabras de un antiguo opositor que tiró la toalla hace años, lo que hace falta "es un trasero de hierro".
Vía: El País
Vivir y pensar como puercos, Gilles Châtelet
PreámbuloQuede claro de antemano que no tengo nada contra el puerco ese «animal singular» de hocico sutil, desde luego mucho más refinado que nosotros en materia de tacto y olfato. Pero quede claro también: odio la glotonería almibarada y el tartufismo humanitario de eso que nuestros amigos anglosajones llaman «formal urban middle class» de la era postindustrial.
¿Por qué elegir el final de la década de los setenta para abrir este esquema sociofilosófico de las democracias de mercado contemporáneas? El progre del 68, ya maduro, no debe olvidar que, para el lector adolescente de la era Mitterrand, aquella fecha queda tan lejana como podía estarlo la guerra de Corea del Mayo del 68. Y que treinta y seis años separan al lector contemporáneo de los primeros discos de Bob Dylan, es decir, tantos como los transcurridos entre el final de la República de Weimar y los acontecimientos de Mayo.
La generosa agitación de los años sesenta daba entonces sus últimos coletazos, un poco como los grandes macizos montañosos se transforman suavemente en contrafuertes y colinas para dejar sitio a un paisaje domesticado de pastos y viñedos. Lo que ya sólo cabe llamar postizquierdismo languidecía plácidamente al amparo de la Noche, que, con su gente guapa, sus bailes, sus vértigos y sus comadreos, le permitía remolonear en un tránsito lúdico prolongado hasta el infinito, e incluso hacerse pasar por árbitro de elegancias, sin hundirse demasiado aprisa en las renegadas pestilencias de lo que, unos años antes, había pretendido imponerse como «nueva filosofía». El postizquierdismo intentaba aparentar no estar demasiado quemado y se presentaba como festivo, «razonablemente» de izquierdas y atento al devenir de los «universalismos». Aún no era momento de adornar sistemáticamente los términos «imperialismo» y «trusts» con comillas, de llamar «activistas» a los militantes, o de indignarse ante la manera en que Jean-Paul Sartre, Michel Foucault y otros «pedófilos narcoizquierdistas», tiranizaban el diario Libération con la complicidad de ciertos presidiarios evadidos. En aquel final de década, se produjo en efecto un milagro de la Noche, que hizo que el Dinero, la Moda, la Calle, el Periódico e incluso la Universidad se amodorrasen juntos y combinasen sus talentos para dar a luz esta paradoja: un equilibrio festivo, antesala amable de la «sociedad terciaria de servicios», que muy pronto iba a convertirse en la del aburrimiento, el espíritu de imitación, la cobardía y, sobre todo, el jueguecito de la envidia recíproca «el primero que se despierte envidia al otro».
Es uno de los secretos a voces de la vida parisina: cualquier petarda de medio pelo, incluso algo palurda, sabe que si la gente guapa baila a ritmo de swing, la «sociedad civil» no tardará en empezar a menearse. Un sociólogo un poco perspicaz habría observado con interés la lenta putrefacción del optimismo libertario convertido en cinismo libertariano, que se convertiría muy pronto en auxiliar de la Contrarreforma liberal que seguiría, y el paso del «sí, en fin, quiero decir...», del quinceañero progre pero simpático, al «no nos engañemos» del novato de Ciencias Políticas.
La impostura pseudolibertaria del «caos» y la «autoorganización» merecía una atención particular. El lector que se sorprenda al descubrir un análisis del caos tras la descripción de una velada en el Palace, no debe olvidar que ciertos partidarios de la Contrarreforma liberal veían en el «Gran Mercado» una manifestación de las virtudes «creativas» del caos, y deseaban por tanto liquidar lo antes posible el Estado-providencia, esa molesta «estructura disipativa» heredada de la segunda ola industrial, para hacer sitio a la tercera ola postindustrial, ligera, urbana y nómada.
La Contrarreforma liberal pretendía haber captado al vuelo el guiño de la Naturaleza el orden socioeconómico surgió tan naturalmente como las especies mejor dotadas para la supervivencia, pero no hacía más que reconciliarse con la tradición inglesa de la Aritmética política y de un control social tan barato como el hambre, capaz de domesticar al «hombre ordinario» y convertirlo en una criatura estadística, el «Hombre medio» de los sociopolitólogos. Hombre medio que aparece como producto de una potente ingeniería sociopolítica que había conseguido transformar lo que Marx llamaba «campesino libre de Inglaterra» en ciudadano-panelista, átomo productor-consumidor de bienes y servicios sociopolíticos.
Pasar de carne de cañón a carne de consenso es desde luego un «progreso». Pero estas carnes se corrompen enseguida: la materia prima consensual es esencialmente putrescible y se transforma en una unanimidad populista de las mayorías silenciosas, que nunca es inocente. A este populismo clásico parece sumarse entonces un populismo yuppie un tecnopopulismo que no duda en alardear de su carnívora posmodernidad, listo para localizar y digerir el best-of de los bienes y servicios del planeta. El punto de vista tecnopopulista se exhibe ahora sin complejos y pretende reconciliar dos espiritualidades: la del tendero de la esquina y el jefe de contabilidad «la pela es la pela» con la espiritualidad administrativa del inspector de Hacienda en otro tiempo un poco más ambiciosa?
Estas dos espiritualidades caminan desde ahora cogidas de la mano, seguras de su legitimidad y repartiendo ultimátums: «¿Para qué sirven ustedes? Deberían avergonzarse de ser tan abstractos, tan elitistas», irritadas, si no exasperadas, por toda actividad que no se deje acotar en el limitado horizonte de un jefe de contabilidad y suponga, por consiguiente, un desafío insoportable a la miseria del «pragmatismo» contemporáneo que tanto le gusta invocar al tecnopopulista. Ahora tocamos un punto sensible de su tartufismo: se siente insultado por todo lo que le supera y denuncia como «elitista» toda iniciativa mínimamente alejada de las preocupaciones del «hombre de la calle» de lo que se ha dado en llamar «las cosas serias de la vida» y de la simplonería de su «querer-comunicar».
Por eso, para nuestros «demócratas» tecnopopulistas, la enseñanza es siempre demasiado cara, pues de todas maneras la cretinización a través de la comunicación sustituye ventajosamente al autoritarismo de antaño.
Un conocimiento, aunque sea somero, de países como Alemania, Inglaterra o Francia, muestra sin embargo que los periodos más brillantes de su historia siempre han resultado de una capacidad para acondicionar espacios al abrigo de las presiones de la demanda social inmediata, de las jerarquías establecidas, y por tanto aptos para acoger nuevos talentos sin distinción de clase, en resumen, para albergar a una aristocracia cultural no cooptada por el nacimiento o el dinero.
Es fácil adivinar por qué el tecnopopulismo fomenta las bajezas y cobardías del hombre medio, y sobre todo las de su vanguardia técnico-comercial, esos pequeños truhanes portuarios iniciados en la econometría, todos esos prototipos poco apetitosos que vuelven locos a los institutos de predicción, esos «comedores de hombres» en 4 X 4, cuyo sentido crítico no es muy superior al de la tenia, y que se pasan el día rumiando su «no hay que soñar» y su «yo soy diferente».
El tecnopopulismo distingue cuidadosamente entre dos «radicalismos», uno que detesta sospechoso de ser enemigo de la democracia, porque intenta sustraerse a la patanería y la impaciencia contemporáneas y espera dar al traste con los escenarios socioeconómicos del Banco Mundial y otro cuyo fuerte olor a mayoría moral aprecia: el del Hombre del saco y el de las picotas mediáticas. Si le pidiesen que definiese la new-age, el tecnopopulista respondería: «Es la era de Internet, las asociaciones de madres de familia videoadictas y la silla eléctrica». Por eso le encanta transfigurar sus Agripinas, sus Thénardiers y sus Tartarines en Gavroches de plató televisivo, fustigadores de «privilegios» y rebosantes de Causas Justas.
Pero aún hay más: lo que vale para los individuos vale también para los pueblos; toda protección social, toda noción de servicio público «mantenida artificialmente fuera del mercado», esto es, toda conquista histórica, debe ser borrada y denunciada como un «privilegio» que amenaza los grandes equilibrios y dispara las señales de alarma socioeconómicas de la Historia prometida por los tecnopopulistas del mundo entero. Pues sólo calculando su peso «real» econométrico y rechazando resueltamente todo patrón «utópico y marxistizante», cada país podrá pretender un puesto de preferencia en el cuadro de honor de la prosperidad mundial.
Los franceses han tardado mucho tiempo en comprender que esto concierne a todo el mundo y no sólo a los «metecos» del Sur. Por eso, desde 1974, el tecnopopulismo está inquieto: Francia «pesa demasiado», sufre de obesidad simbólica, y la intolerable «singularidad francesa» surgió, hace ya diez años, como un golpe de efecto orquestado por los jóvenes pedantes del Instituto de estudios políticos.
Los contrarreformistas liberales y con ellos muchos otros pueden estar contentos: Francia se acerca simbólicamente a sus cuotas de mercado, y muchos de sus intelectuales tienen algo que ver en el asunto. La República ya no es tan orgullosa: por fin se ha resignado a un destino a la medida de sus posibilidades el de subprefectura «democrática» del Nuevo Orden Mundial que sabe arrodillarse ante una opinión cuya fabricación se le escapa cada vez más y abandona esa idea «jacobina» según la cual el valor de la democracia se justifica exclusivamente por la excelencia de los destinos que persigue idealmente para todos, sin plegarse a la media de los egoísmos y vilezas de cada uno. No es extraño por tanto que la peste nacionalracista vuelva a asomar a la superficie... Casi han conseguido transformar un gran pueblo en un audímetro servil y provinciano, y una parte de su elite intelectual en populacho compradore, en cuarterón de subalternos editorialistas de esos formidables evacuatorios mentales en que se han convertido las democracias de mercado ?siempre atareadas en recortar sus agregados económicos poco favorables, producto de la fermentación de cientos, y pronto miles de millones, de psicologías de consumidores-panelistas devorados por la envidia y el deseo de acaparar al menor coste posible.
«¡Positivizad y maximizad igual que respiráis!», podría ser el eslogan de esta clase media mundial convencida de estar viviendo el Fin de la Historia. Este final de la Historia no sería, después de todo, más que el descubrimiento de una forma óptima de termitero, o más bien de yogurtera de clase media de la que Singapur sería un siniestro modelo reducido, que administra las fermentaciones mentales y afectivas mínimas de protozoarios sociales.
«Intercambiaréis cinismo mercantil permanente por lágrimas de cocodrilo de ocasión»: esta es la divisa de la yogurtera, pues desde el caso Diana sabemos que ya ni siquiera es necesario ser actor o cantante para convertirse en una estrella, y que basta con divorciarse y respirar para hacer lloriquear a dos mil millones de hombres.
Para la Contrarreforma liberal ya no hay duda: el siglo XXI verá el triunfo completo del individuo. Sin pretenderlo, por supuesto, nos conduce al corazón del futuro combate político-filosófico: hacerlo todo para que el hombre ordinario, ese singular que nunca se produce ni termina, no se confunda nunca más con el Homo eco-comunicans de las democracias de mercado.
Vencer al tecnopopulismo, desechar las yogurteras, es también vencer al nacionalracismo... Eso exige una filosofía de combate. La intelligentsia francesa aún está a tiempo de volver en sí, de dejar de lado a los Trissotin y a las escritoras posmodernas y, sobre todo, de poner término a la cretinización soft a la anglosajona a su «rortyfication», de reaccionar y rechazar, en suma, un destino de rebaño cognitivo suscitando más polémica y prestando menos atención a las modas.


