7 ene 2012

China, una merienda de negros



Dos periodistas occidentales que querían escribir un libro sobre China subieron a 80 aviones, volaron 220.000 kilómetros, visitaron 25 países, atravesaron en coche 15 fronteras peligrosas, y hasta pusieron en peligro sus vidas en 15.000 kilómetros de carreteras. Fueron dos años de trabajo y mucho dinero.

¿Para escribir sobre China hace falta dar la vuelta al mundo? Hace años, no. Hoy sí.

Estos dos periodistas no querían contar lo que tantas veces hemos escuchado, el naciente poder chino, sino querían relatar cómo China está conquistando el mundo. Y la única forma de hacerlo era visitando muchos países donde hay comunidades de chinos.

Las empresas estatales chinas, por ejemplo, llegan a un país y hacen la siguiente oferta: te construimos carreteras, presas, estadios o lo que quieras a cambio nos das tu soja, tu petróleo o tu madera. China pone la financiación (tiene dinero de sobra producto del ahorro de millones de chinos y de su excedente comercial). También aporta mano de obra (plantilla barata, exportable, numerosa, no se queja y es muy productiva).

Eso es lo que han hecho los chinos en Argentina, en Sudán y en Rusia. Esa es una vía de penetración. Otra vía usa el modelo marabunta. Los chinos entran en Egipto, por ejemplo, y empiezan a comerciar casa por casa vendiendo ropa de algodón. Con el tiempo ya tienen una empresa de tamaño mediano, y al final, un almacén donde se compra y vende algodón al por mayor.

Otros chinos vienen a trabajar a ese país (suelen venir del mismo pueblo al correrse la voz), y el chino más antiguo les presta dinero sin que haya por medio un documento. Basta la palabra. Al cabo del tiempo, ya existe una poderosa comunidad china en ese país.

La forma de comerciar y de instalarse de los chinos en el mundo no tiene que ver con la occidental. A los asiáticos no les importa ganar poco dinero por cada cien euros o dólares que invierten. Justo lo contrario que los occidentales. Por eso, los chinos acusan a las empresas occidentales de que si no ven un gran negocio, no invierten. Qué estúpidos estos blancos.

Los chinos son pacientes. Trabajan siete días a la semana. Más de 14 horas al día. No se toman vacaciones. Pero tampoco tienen escrúpulos. En Birmania, en Congo, en las fronteras con Rusia (países visitados por los periodistas), los chinos explotan a los nativos sin ninguna vergüenza.

Y sin esa vergüenza, explotan los recursos naturales. En el norte de Sudán construyen una presa que parece la tumba de Halicarnaso: con la presa de Merowe esperan aprovechar la corriente del Nilo y generar electricidad para miles de personas. ¿Impacto medioambiental? ¿Qué es eso?, se preguntan los chinos que salen en esta foto.

Toda la simpatía que uno pueda tener con los chinos, se esfuman con los capítulos de este libro dedicados a esa forma de explotación de las personas y de la naturaleza. En Birmania, gente de villas muy pobres trabaja en duras condiciones para extraer jade, una piedra preciosa que enloquece a los chinos.

Tras leer este libro, uno ya tiene la perfecta imagen del dragón chino: son 1.300 millones de bocas y estómagos que se están tragando el mundo. Necesitan alimentos, petróleo, productos de consumo… Necesitan sobrevivir. Si pueden devastar un bosque, lo saquean. Si puede contaminar un río, lo ensucian. Si es necesario corromper un gobierno, lo pudren.

Con los materiales que obtienen de esos países, los chinos fabrican cualquier cosa, copian cualquier cosa, exportan cualquier cosa… Y a precios que resultan irresistibles gracias a que su mano de obra es barata. Una ganga. Gracias a ello obtienen ingresos monumentales, ingresos que luego usan para comprar bonos americanos, alemanes o españoles. Son los amos del mundo, y el mundo se lo agradece.

Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo (en la foto de arriba, Araújo a la izquierda, y Cardenal, a la derecha), son los periodistas españoles que han reunido todos esos relatos en un libro inconmensurable llamado ”La silenciosa conquista china” (Crítica). Se podía haber titulado: “Cómo los chinos se meriendan el mundo (y los infelices terrícolas lo celebran porque es un chollo comprar cosas a los chinos)”. A los relatos periodísticos, han añadido una marea de datos sacados de fuentes diversas y sólidas, lo que confiere al libro una seriedad y una amenidad pocas veces vista. Estos periodistas viven en Hong Kong y Pekín desde hace años. Saben de economía, condición imprescindible para escribir un libro de esta magnitud.

El libro está ilustrado con fotografías de Luis de las Alas, donde salen los personajes citados por los periodistas. Chinos con nombre y apellidos, chinos que conquistan el planeta. Que nos meriendan.

“La silenciosa conquista china” debería estar ahora en la mesilla de noche de todos aquellos que quieran tener una visión clara y actual de lo que va a pasar en el mundo.

No he querido hacer esta reseña hasta haber terminado de leerlo. No creo que ningún periodista occidental haya escrito algo parecido. Será muy difícil de batir esta marca: contar cómo conquista China el mundo viajando por 25 países durante dos años. Por eso, creo que es el mejor libro que se ha escrito sobre China. La Información

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