21 dic. 2009

Cómo se vive la crisis en Nueva York

Si paseas un jueves por la noche por la avenida Madison, no verás ni coches ni gente, a pesar de que Nueva York es una ciudad que nunca duerme, pero es posible que te topes con un montón de cajas de cartón bien dispuestas contra la fachada y en las escaleras de algunos edificios. Hay gente que duerme en esas cajas. Y eso en Manhattan, donde el metro cuadrado para vivienda cuesta US$8.000 en promedio y un plato de comida en un restaurante promedio no baja de US$25. Hasta ahora indigentes se veían en el Bronx, en Brooklyn, o en Queens, pero no en Manhattan.

“Indigentes ha habido siempre”, dice Mario, el cajero ecuatoriano de una tienda de comestibles en la avenida Lexintong, “pero creo que nunca ha habido tantos”. Mario vive en Queens y llegó a este país hace 28 años. Ha vivido varias crisis, pero esta —asegura— es la peor que le ha tocado.

“Se vende poco, las personas prefieren no gastar y es peor porque todo el mundo tiene deudas”, se lamenta. Hace dos meses debió “dejar ir” a un sobrino de su esposa que trabajaba con él desde hacía seis años. En el 2004, había diez personas que trabajaban en la tienda. Hoy quedan dos.

Guardando las distancias, un compatriota que trabaja en un hotel y que vive hace más de 20 años en esta ciudad, dice que “las cosas están duras”. “Antes podía viajar hasta tres veces cada año a visitar a mis padres que viven en Chorrillos. Este año, tal vez no viaje”, cuenta resignado. De hecho, hasta hace algunos meses, era impensable conseguir una habitación en este hotel sin tener una reservación previa. Ahora —con algunas limitaciones, es cierto— sí se puede.

Pero la desaceleración va más allá. Una periodista que asiste a un seminario en Houston y Nueva York, miraba perpleja la tienda de Banana Republic en la Quinta Avenida. “Jamás había visto ofertas de 40% en las ventanas de las tiendas en esta parte de Manhattan”, comenta .

Y se nota. Conseguir un espacio en las principales avenidas de la isla es sumamente difícil y caro, pero siempre ha habido inmensas listas de espera para conseguir uno. Hoy, casi en cada cuadra hay un espacio vacío, incluso en la Quinta Avenida y las calles Madison, Lexintong y la calle 57.

La histórica y famosa megatienda de Virgin Records en Times Square anunciaba una liquidación total por cierre definitivo. “Cuatro últimos días, todo con entre 50% y 80% de descuento”. Una señora salía de la tienda llevándose un maniquí, una silla alta (que habría utilizado una cajera) y una pequeña mesa mostrador. “Trescientas personas perderemos nuestros empleos”, se lamentaba una de las acomodadoras.

“Hoy tenemos un promedio de 300 comensales por día cuando antes superábamos los 500”, cuenta el mesero panameño de un restaurante que servía a precios exorbitantes algunos platos. Lo mismo decía un taxista de Uganda, pues sus ingresos habían caído 40%.

En Houston, Texas, uno de los estados más ricos de EE.UU. que tiene algunos de los centros comerciales más grandes del mundo (complejos de varios edificios), el retroceso de la demanda también se siente. Había mucha gente en el centro comercial, pero nadie compraba en las tiendas.

Y es solo el comienzo. Casi toda la economía de EE.UU. depende del consumo de sus habitantes, que hoy prefieren ahorrar. Terrible paradoja tener que preferir a la cigarra antes que a la hormiga.

La necesidad es la madre de la inventiva

El estadounidense promedio está preocupado, y con razón. Las noticias sobre plantas que cierran y despidos masivos se han sumado a aquellas sobre asaltos y asesinatos y están inundando los medios de comunicación.

Pero también está generando iniciativas. Tom Reynolds trabajaba en una conocida tienda de ropa en la Quinta Avenida hasta que lo despidieron en enero. Luego, tras evaluar varias posibilidades, descubrió que podía pasear turistas en los alrededores del Central Park.

“Felizmente aún no tenemos hijos, y, si bien es cierto que no gano mucho dinero, me divierto”, dice aliviado mientras pasamos al lado de un carro tirado por caballos y su conductor, quien mira con encono a Tom, que sonríe mientras pedalea.

Media hora de paseo cuesta US$10, lo que hace una tarifa de US$20 por hora o unos US$4.000 al mes, que, en Nueva York, no es mucho. Menos aun si se paga una renta que equivale al 30% de eso y nunca se tiene la seguridad de que habrá trabajo todo el día. De hecho, en promedio —dice Tom— se lleva algo más de US$2.000 a su casa.

Él solo trabaja de día y muy cerca del parque. Hay quienes lo hacen de noche y esquivando los autos. Deporte de aventura en el corazón de Nueva York. El Comercio

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